08/08/2017

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Vinos que pintan paisajes

Lejos de un modelo ideal usualmente dictado por el canon francés, la vitivinicultura argentina ofrece grandes vinos con identidad. Algunos incluso hasta retratan fielmente los lugares donde son elaborados.




Por Fernando Garello – Desde que los primeros ejemplares de vitis vinfera llegaron al noroeste argentino a través de los colonizadores españoles, la vitivinicultura nacional recorrió un largo y sinuoso camino, lleno de altibajos. Más allá de los vaivenes de la economía y de las políticas erráticas que se instrumentaron durante los últimos decenios, el sector hoy pasa por un gran momento en materia de calidad. Es que hace poco más de una década, los modelos italiano y francés que se siguieron durante años, dieron paso a una saludable búsqueda de la identidad marcada por las características propias que marca el terroir, un concepto que involucra tres grandes factores: el suelo, el clima y la cultura agrícola. Así, los grandes vinos argentinos dejaron de ser imitaciones y se convirtieron en ejemplares únicos e irrepetibles.

Dentro de esta tendencia que parece irreversible, comenzaron a surgir etiquetas que rinden tributo a terroirs situados en lugares geográficos icónicos como el Valle Rupestre de Salta, el Paraje Altamira de Mendoza, el Valle del Abaucán de Catamarca y el valle del río Epuyén en Chubut. La idea es capturar el terroir en toda su expresión, es decir, suelo, clima y muy especialmente cultura. Además estos emprendimientos están directamente vinculados con la práctica del enoturismo, una actividad creciente no solamente en nuestro país sino en todo el mundo vitivinícola.

Vinificados de la manera menos invasiva posible, todos estos vinos sobresalen a nivel internacional, no solamente por su calidad, sino también porque son productos únicos e irrepetibles que cuentan historias y tienen la capacidad de transportar a quienes los beben a los lugares donde nacieron y fueron elaborados, sin importar las distancias que los separan.

Rupestre, de bodega Domingo Molina, es un ejemplo cabal de esta tendencia. Lleva ese nombre porque se elabora con vides plantadas hace aproximadamente quince años en el valle ubicado a 60 kilómetros de Cafayate, provincia de Salta, a 2.300 msnm. Se trata de un blend de malbec, merlot y tannat que logra plasmar la esencia de un lugar único, tanto en lo paisajístico como en lo cultural.

Rafael Molina, propietario y enólogo de la bodega tiene grandes expectativas sobre los vinos que se producirán con las uvas de la zona, en especial los Cabernet Sauvignon y los Tannat. Su preferido, no obstante, es un Petit Verdot que comenzó a comercializarse el año pasado y promete dar grandes satisfacciones.

Plenilunio, de bodega Cabernet de los Andes, nace unos kilómetros más al sudoeste, en el valle del Abaucán, provincia de Catamarca, en viñedos orgánicos situados al pie de las sierras de Fiambalá, adornadas con los médanos más altos del planeta. Lo más interesante de este vino de Carlos Arizu, miembro de una de las familias pioneras de la vitivinicultura argentina, es que tiene la característica singular de ser un producto colectivo, ya que todos los años se elabora a partir de una vendimia abierta que se realiza a la luz de la luna y de la cual pueden participar tanto turistas como lugareños. Se trata de una actividad poco publicitada pero que merece ser realizada y que incluye un tributo a la Pachamama, recitales con degustación de vinos y platos tradicionales, además de un original torneo de pisado de uvas donde su utiliza un centenario largarde de cuero de toro.

Otro de los vinos que honran el sitio donde nacen y fueron creados es Concreto, de la bodega Zuccardi Valle de Uco. Es el más sofisticado dentro de su sencillez, dado que prescinde deliberadamente de la madera para preservar las características propias del Paraje Altamira. La vocación de Sebastián Zuccardi por el terroir es tal que la bodega recibió recientemente el premio Oro de Mejor Arquitectura y Paisajismo a nivel mundial.

Zuccardi Valle de Uco es el orgullo de la comunidad de Paraje Altamira, cuyos viejos productores vitícolas se siente parte de un emprendimiento que además de brindarles sustento económico, revitaliza y reposiciona un lugar único donde suelo, clima y cultura se amalgaman de manera formidable.

La leyenda cuenta que Bernardo Weinert, empresario brasileño de origen alemán que en 1975 se enamoró de nuestro país y decidió fundar Bodega & Cavas de Weinert en Luján de Cuyo, provincia de Mendoza, solía viajar a la Patagonia para practicar la pesca con mosca y que en una de esas incursiones tuvo la idea de crear Patagonian Wines, la bodega más austral de Latinoamérica que elabora en El Hoyo, provincia de Chubut dos vinos singulares: el tinto Piedra Parada y el blanco Faldeo del Epuyén.


Fuente: http://revistasublime.com.ar/vinos-que-pintan-paisajes/


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